Hay discos que cuentan una historia y otros que construyen un lugar. Bahía, de Karen Zárate, pertenece a los segundos.
El álbum fue publicado el 13 de septiembre de 2026 y reúne siete piezas nacidas de una sesión de improvisación de aproximadamente dos horas. No hubo una secuencia de tomas destinadas a encontrar la versión “correcta”. La lógica fue otra: tocar, escuchar y dejar que aquello que ocurriera entre cuatro músicos quedara registrado.
Zárate toca el contrabajo. A su alrededor están Adrián Escamilla, en voz y saxofones tenor y soprano; Enrique Camacho, en bajo eléctrico con efectos; y Pablo Loaiza, en batería. La formación ya dice bastante sobre el carácter del disco.
Dos instrumentos graves conviven dentro del mismo espacio. En lugar de repartirse funciones fijas, el contrabajo de Zárate y el bajo eléctrico de Camacho intercambian papeles constantemente. A veces uno sostiene y el otro propone; en otros momentos ambos construyen la base o alguno toma una dirección más melódica. Esa movilidad es uno de los centros de Bahía.
La música no parece interesada en demostrar una jerarquía. Nadie está permanentemente al frente. El liderazgo cambia según el instante y depende de la capacidad de cada músico para escuchar qué está ocurriendo alrededor. Ahí aparece una de las ideas más atractivas del free jazz cuando funciona bien: la música no se impone, se negocia.
Karen Zárate trabaja desde “escenarios” o fragmentos abiertos en lugar de composiciones completamente cerradas. Eso significa que establece condiciones, imágenes, intenciones o puntos de partida y permite que el resto aparezca durante la interpretación. Cada ejecución, por tanto, puede convertirse en otra cosa. No hay una partitura que obligue a regresar exactamente al mismo lugar.
El título del disco tampoco es una referencia decorativa. Zárate es originaria de Cruz de Huanacaxtle, comunidad perteneciente a la Bahía de Banderas, y utiliza ese paisaje como memoria emocional y sonora.
El álbum abre con “Canto al Sol”, una pieza vinculada con el momento en que apenas comienza el día y la brisa marina todavía se siente fresca. La voz de Escamilla y un silbato de Loaiza introducen una sensación menos cercana a la estructura de canción que a la aparición progresiva de un espacio.
Después llega “Bahía”, dedicada a un mar más brusco, con oleaje, fauna y una comunidad atravesada por tensiones territoriales y ambientales. La música no intenta imitar literalmente el agua. Busca algo más difícil: reproducir su comportamiento. Fluidez, fuerza, cambios repentinos, acumulación, movimiento.
“He pensado en ti” reduce la formación y deja a Zárate como única bajista mientras Escamilla desarrolla el saxofón y Loaiza interviene desde una batería inquieta. La pieza se acerca a la añoranza: estar solo en un lugar hermoso y preguntarse quién falta.
“Cima” cede el espacio a Enrique Camacho, que construye un solo con bajo eléctrico y efectos alrededor de la sensación de ascender por las montañas de la región.
“Bosque de Niebla” toma su nombre del ecosistema presente en Jalisco donde las fronteras entre bosque y selva parecen difuminarse. Musicalmente, esa idea de orientación incierta encuentra un terreno natural dentro de la improvisación.
En “Raya”, los dos bajos adquieren un protagonismo especialmente visible. Camacho trabaja desde el bajo eléctrico mientras Zárate sostiene la fisicalidad del contrabajo acústico. La pieza parte del picor de una raya y se convierte en uno de los momentos más densos del álbum.
Finalmente aparece “Noche”. La pieza remite a Cruz de Huanacaxtle cuando la oscuridad permite observar estrellas fugaces sin la interferencia del alumbrado público. Después de un disco construido alrededor de agua, vegetación, montaña, memoria y movimiento, la noche funciona como cierre natural.
Las siete piezas tienen nombres distintos, pero Bahía puede sentirse como un único recorrido. Eso también explica por qué no es necesariamente un álbum inmediato. Quien busque verso, coro y repetición encontrará pocas señales conocidas.
El free jazz trabaja desde otra lógica. No promete regresar al mismo punto. No ofrece siempre un clímax fácilmente identificable. Y no entrega al oyente una melodía central a la que pueda sujetarse durante toda la escucha. Eso puede resultar fascinante para algunas personas y distante para otras. No hay nada extraño en ello.
Bahía pertenece a un territorio de escucha donde parte del valor está precisamente en prestar atención a cómo cuatro personas resuelven musicalmente un instante que no volverá a ocurrir de la misma manera. La grabación en tomas únicas refuerza esa idea.
Los pequeños accidentes, las decisiones inesperadas y los cambios de dirección dejan de ser problemas que necesitan corregirse. Se convierten en material. La historia detrás del cuarteto también ayuda a comprender esa confianza.
Zárate fue artista invitada regular en Pizza Jazz Café entre mayo y agosto de 2026. Allí coincidió con músicos de distintos niveles y procedencias, y terminó desarrollando una relación musical con Escamilla, Camacho y Loaiza. Ese contexto importa. La improvisación necesita familiaridad, pero no necesariamente predictibilidad. Necesita saber cómo escucha el otro.
Zárate llegó a este momento después de Impulso, EP publicado en 2025, y de una formación que incluye influencias y referencias como Charlie Haden, Paul Motian, Anthony Braxton y John Coltrane, además de su experiencia como becaria de Rodney Whitaker en 2025.
También ha extendido su trabajo fuera del formato estrictamente jazzístico. Su proyecto AGUA/LLUVIA fue seleccionado en la Bienal de Ruido de la Escuela Nacional de Antropología e Historia 2026. Todo ello ayuda a situar Bahía como parte de una búsqueda más amplia alrededor de improvisación, paisaje y escucha.
El álbum tuvo su estreno en directo el 20 de septiembre de 2026 en Mae’s Clab, en la colonia Narvarte de Ciudad de México. Antes, el proyecto de Zárate ya había llenado ORJAZZM en marzo, con alrededor de 200 asistentes para la presentación del Karen Zárate Quartet.
Son señales pequeñas frente a las cifras de la industria masiva, pero importantes para entender cómo funciona esta escena. El jazz independiente mexicano no vive necesariamente del gran ciclo promocional. Vive de foros, de músicos que se encuentran. De residencias. De sesiones. De público que aprende a reconocer determinados espacios y vuelve.
Y quizá por eso Bahía resulta interesante incluso para quien no tenga una relación previa con el free jazz. No porque vaya a convertirse automáticamente en una escucha sencilla, sino porque muestra otra manera de entender qué puede ser una grabación. No un objeto perfectamente corregido. No una composición cerrada. No una canción destinada a repetirse igual, sino el registro de cuatro personas escuchándose durante un momento específico.
El mar tampoco repite exactamente una ola. Bahía parece partir de la misma idea.